Por admin, 13 de mayo de 2026
El miedo que los hombres no aprenden a nombrar y que las mujeres ya han empezado a afrontar
Por Paula Silveira*
Autor: Fabrizio Martins Tavoni es candidato a doctor en Educación en la Unicamp, tiene un máster en Ciencias Políticas por la UFSCar, una licenciatura en Ciencias Sociales por la UEL y es naturista. @fbrn_oficial
Antes de ser visto, el cuerpo simplemente existe. Foto: archivo personal.
Soy un hombre alto. De esos que llevan consigo una expectativa silenciosa: que el resto de su cuerpo confirme lo que su altura promete. En mi caso, esto no es una regla; soy lo que la fisiología, en el caso de los genitales, llama un "crecedor". Un cuerpo que no se muestra en reposo. Un cuerpo que no revela nada antes de tiempo.
Esta información, banal desde un punto de vista biológico, no circula donde se juzgan los cuerpos. Allí, el veredicto es visual, rápido e implacable.
Sin embargo, esta verdad no llega a los chicos. No se enseña en las escuelas, no aparece en las pantallas y se silencia violentamente en los vestuarios. El resultado es una generación de chicos paralizados por una ansiedad única y abrumadora; mientras que las chicas, al parecer, ya han comenzado a superar la suya.
El miedo no es caer. Es ser visto caer. Foto: Joseph Art.
Veinte contra uno
La presidenta de la Federación Brasileña de Naturismo, la columnista de naturismo Paula Silveira, me contó una historia que sirve de parábola para explicar todo esto. En la clase de su hijo, una chica comentó que no tendría problema en ir a una playa nudista. El comentario se convirtió en un debate.
El resultado fue sorprendente: las chicas se mostraron mucho más abiertas a la experiencia que los chicos.
Días después, algunos amigos de su hijo estaban en su casa. Paula, que ya conocía la historia, decidió investigar qué había detrás de esa vacilación masculina. Ante el incómodo silencio de los chicos, comenzó a enumerar la larga lista de presiones estéticas que recaen sobre el cuerpo femenino: peso, altura, estrías, celulitis, imperfecciones en la piel, forma de los senos, vello, curvas, etc. Más de veinte razones para dudar ante la desnudez pública. Aun así, las chicas estaban dispuestas a afrontar la experiencia.
Los chicos permanecieron en silencio. Hasta que Paula fue directa: "¿El problema es el tamaño del pene?". Algo incómodos, asintieron.
Incluso intentaron justificarse: creían que podría ser más fácil para las mujeres. No explicaron exactamente por qué, pero la lógica les parecía evidente: lo externo (los genitales masculinos) está expuesto, lo que no lo es (los genitales femeninos) está protegido. La suposición quedó en el aire, como si la anatomía resolviera el problema.
Sin embargo, lo que reveló fue algo más: no una diferencia entre cuerpos, sino una diferencia en cómo habían aprendido a mirar los cuerpos. Porque, por otro lado, no faltan presiones, expectativas y juicios que impregnan el cuerpo femenino; muchos de ellos visibles, otros no tanto. Aun así, fueron ellas quienes dijeron que irían.
El miedo que paralizaba a los chicos no era la desnudez en sí, sino la exposición a la mirada ajena, la posibilidad de ser comparados, la posibilidad de ser considerados insuficientes. Un solo miedo los mantenía cautivos.
No es la desnudez lo que avergüenza. Es la posibilidad de ser juzgado. Foto: Pamela Facco.
La conclusión de Paula fue tan precisa como desconcertante: «Las mujeres tienen más de veinte razones para superarlas y dijeron que lo harían. ¿Tú solo tienes una y tienes miedo?».
El cuerpo como mercancía visual
La pregunta desmantela un mecanismo rara vez expuesto. Mientras que las mujeres son socializadas para lidiar con un bombardeo multifacético de exigencias corporales, los hombres han sido acorralados en un único y obsesivo criterio de valor: el tamaño del falo. El pene ha dejado de ser un órgano funcional para convertirse en un marcador visual, una credencial silenciosa que organiza jerarquías entre los hombres y, según ellos, define su destino social y emocional.
El sociólogo Pierre Bourdieu lo llamaría capital simbólico. El filósofo Michel Foucault lo describiría como normalización: el proceso por el cual los cuerpos son monitoreados, medidos y enmarcados dentro de patrones que se presentan como naturales, pero que son construcciones históricas. El psicoanálisis freudiano y lacaniano sugeriría que esta medición nunca se resuelve: el falo funciona menos como un órgano y más como un significante, que organiza el deseo y la comparación.
Hoy en día, estos estándares ya no provienen de la experiencia cotidiana. Provienen de las pantallas.
La pornografía digital funciona como una norma global informal, un catálogo infinito de cuerpos en un estado permanente de máximo rendimiento. No hay temperatura ambiente, ni nerviosismo, ni variación fisiológica. Solo hay exhibición.
El cuerpo real, por supuesto, no funciona así, pero eso no impide que los chicos se midan con esta métrica imposible.
Lo que dice la ciencia y lo que la cultura popular ya ha intuido.
El drama que vivieron los compañeros de clase del hijo de Paula es, ante todo, un problema de desinformación. La biología del pene es mucho más diversa de lo que sugieren las pantallas.
En 2023, un estudio dirigido por el urólogo Manuel Alonso Isa, presentado en el Congreso de la Asociación Europea de Urología en Milán, analizó la morfometría del pene de 225 hombres en reposo y tras una erección inducida. Por primera vez, se ofreció una definición científica para términos ya conocidos en el lenguaje común: "crecedor" y "ducha".
El "crecedor", el llamado "pene de sangre", muestra una gran variación entre el estado flácido y el erecto. El "ducha", o "pene de carne", mantiene mayor volumen en reposo y poca variación durante la erección. Según este estudio, el 24% de los hombres son "crecedores", el 25% "duchas" y el 51% se encuentra en un punto intermedio.
Pero lo esencial es esto: no existe relación entre esta clasificación y la funcionalidad. No hay superioridad de un tipo sobre el otro.
La retracción del pene no es un defecto, sino un mecanismo de protección. El músculo dartos contrae el pene y el músculo cremáster el escroto, regulando así los vasos sanguíneos. En climas fríos, ante la tensión, la ansiedad, el estrés, las miradas críticas o en situaciones de lucha o huida, el órgano se retrae. Este es un protocolo fisiológico ancestral de protección.
Un pene flácido (y en el caso de los que crecen, uno retraído) no es un proyecto inacabado; es un órgano en reposo, realizando exactamente la función que le corresponde en ese momento.
Lo que los chicos (y muchos hombres) temen mostrar, por lo tanto, no es un cuerpo en funcionamiento, sino un cuerpo en reposo. Y la vara de medir que utilizan para medir este reposo es la del rendimiento, aplicada fuera de contexto.
Lo que las chicas ya han comprendido:
Han aprendido a caminar a pesar de los juicios. Foto: Joseph Art.
La asimetría revelada por la pregunta de Paula también apunta a un camino. Ante exigencias contradictorias: ser delgada, pero tener curvas; Ser naturales, pero perfectas; no envejecer, no tener marcas; no subir de peso: las mujeres están aprendiendo a desafiar este juicio.
El feminismo, la positividad corporal y los cambios generacionales ofrecen herramientas para desmantelar estos discursos. Las chicas de ese grupo ya son herederas de este conocimiento acumulado.
Los chicos, sin embargo, no lo son.
Para ellos, el debate crítico sobre el cuerpo aún está en sus inicios. Mientras que a las mujeres se les anima a verbalizar sus inseguridades, a los hombres se les enseña a silenciarlas. Y el silencio es el terreno fértil donde se multiplican la comparación y la angustia.
Sin el repertorio para nombrar lo que sienten y sin el permiso social para hacerlo, lo único que queda es la evasión silenciosa y un miedo difuso a ser vistos.
Retirarse del juicio
Los espacios naturistas, cuando se guían por una ética colectiva, ofrecen una posibilidad singular: experimentar el cuerpo sin la obligación de actuar. En estos entornos, la desnudez no es una invitación, ni una afrenta, ni una discusión. Es simplemente un estado.
Cuando todos están desnudos, la excepción se convierte en regla y la mirada pierde su impulso de medir.
La dictadura del falo se basa en una creencia simple: que somos proyectos inacabados, que siempre falta algo, que el cuerpo necesita ser corregido. Es una creencia lucrativa, pero también una trampa. Porque, dentro de ella, todo cuerpo se vuelve insuficiente. ¡Siempre!
Liberarse de esta lógica no requiere un nuevo estándar. Requiere abandonar la idea misma de estándar.
Cuando uno lo acepta, el cuerpo deja de ser medido y vuelve a ser presente. Foto: archivo personal.
Quizás la pregunta de Paula aún deba resonar: si se enfrentan a veinte miedos, ¿por qué no se enfrentan a uno? La respuesta no está en el cuerpo. Está en la regla. Y toda regla solo funciona mientras alguien acepte ser medido.
Paula Silveira es presidenta de la FBrN (Federación Brasileña de Naturismo) desde 2021 y presidenta de la SPNAT (Asociación de Naturistas del Gran São Paulo) desde 2020. Es naturista desde 1997 y representa a Brasil en la CLANAT (Comisión Latinoamericana de Naturismo), donde fue Asesora Principal para la Región Sudeste de 2017 a 2020. Representó a Brasil en el Congreso Mundial de Naturismo en México en 2024, en el ELAN (Encuentro Latinoamericano de Naturismo) en Perú en 2026, Colombia en 2022 y Ecuador en 2020.
https://somdepapo.com.br/portal/vinte-medos-contra-um/
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