martes, 12 de mayo de 2026

ANTES DE EXAMINAR EL CUERPO, QUIZÁS SEA NECESARIO APRENDER A HABILITARLO: REFLEXIONES DE UNA ESTUDIANTE DE MEDICINA (BRASIL)

Por Pedro Nicolás Brito. Estudiante de medicina. Investigador en el área de la salud mental. Practicante de naturismo desde 2026

Artículo original: https://somdepapo.com.br/

Existe una curiosa contradicción en la formación médica: desde temprana edad, se nos enseña a observar los cuerpos de forma natural, pero casi nunca se nos invita a reflexionar profundamente sobre lo que significa vivir dentro de uno.

En anatomía, el cuerpo aparece abierto, nombrado, dividido en órganos, vasos, nervios, planos y capas. En semiología, reaparece como una superficie de signos: piel, mucosas, auscultación, palpación, reflejos, dolor, edema, lesiones, soplos, asimetrías. En el hospital, suele entrar en juego cuando algo falla: fiebre, dificultad para respirar, hemorragia, dolor, pérdida de peso, debilidad.


Con el tiempo, aprendemos a observar el cuerpo con técnica. Y esto es necesario. Un médico que no sabe examinar correctamente un cuerpo no cuida bien a la persona. Pero existe un riesgo latente en este aprendizaje: el de reducir el cuerpo a un objeto de investigación, como si la persona estuviera en algún lugar detrás de él, y no exactamente ahí, existiendo a través de él.

Por eso mi primera experiencia naturista me marcó tanto. No porque fuera exótica, escandalosa o transgresora. Al contrario. Lo que más me impactó fue la sencillez. Pasé un fin de semana en una casa de campo en Atibaia, rodeado de bosques, la cascada, la piscina, conversaciones tranquilas y personas que experimentaban sus propios cuerpos con una naturalidad que rara vez encontraba en otros lugares. Allí no había cuerpos de hospital, ni cuerpos publicitarios, ni cuerpos performativos de las redes sociales. Había cuerpos reales ocupando un espacio real. Y, como estudiante de medicina, esto me pareció casi una lección paralela.

En la universidad, aprendí a observar el cuerpo de la otra persona en busca de alteraciones. En el naturismo, viví una experiencia diferente: estar en presencia del cuerpo sin que este tuviera que estar equivocado, enfermo, inadecuado o expuesto. El cuerpo no estaba allí para ser corregido, interpretado, deseado, temido o comparado. Estaba allí como una condición básica de la presencia humana.

En el hospital, el cuerpo suele aparecer mediado por una asimetría. Por un lado, alguien vulnerable, enfermo, expuesto, a menudo asustado. Por otro, profesionales con autorización técnica para tocar, examinar, preguntar y decidir. Incluso cuando hay respeto, cuidado y consentimiento, existe una diferencia de posición. El paciente se desnuda porque lo necesita. El médico examina porque debe. La desnudez, en este contexto, casi siempre está ligada a la necesidad, la fragilidad o la investigación. En el naturismo, encontré otra gramática corporal. La exposición no provenía de la enfermedad, la obligación o la autoridad médica. Provenía de una elección compartida. No había un cuerpo sometido a inspección y otro autorizado a inspeccionar. Había coexistencia.

La medicina, a pesar de tratar constantemente con cuerpos, no siempre nos enseña a ver la dimensión existencial del cuerpo. Nos enseña a preguntar dónde duele, cuándo empezó, si el dolor se irradia, si mejora o empeora, si hay fiebre, pérdida de peso, sangrado, cambios intestinales, dificultad para respirar. Todas estas preguntas son esenciales. Pero hay otras que rara vez caben en el breve tiempo de una consulta o en la lógica objetiva de una sala: ¿cómo se siente esta persona dentro de su propio cuerpo? ¿Qué relación ha construido con su propia piel, con su apariencia, con la sexualidad, con el envejecimiento, con sus marcas y limitaciones?

Estas preguntas no son secundarias. Para muchas personas, forman parte del núcleo del sufrimiento. Gran parte del dolor humano pasa por el cuerpo incluso cuando no se origina allí. La vergüenza, la insuficiencia, la comparación, el envejecimiento, el rechazo, el deseo, la enfermedad, la pérdida de autonomía y el miedo a la mirada ajena se organizan corporalmente. El cuerpo es el lugar donde la vida psíquica se manifiesta al mundo. También es allí donde el mundo deja su huella en la vida psíquica.

Quizás por eso la experiencia naturista me pareció tan relevante. No me enseñó nada sobre anatomía, fisiología ni patología. Me enseñó algo sobre la presencia. Sobre cómo se puede experimentar el cuerpo de una manera menos defensiva cuando el entorno no exige un rendimiento constante. Esto puede parecer insignificante, pero quizás sea precisamente lo más raro.

En medicina, hablamos mucho de salud, pero a menudo heredamos una visión excesivamente correctiva: detectar desviaciones, reducir riesgos, intervenir, prevenir, optimizar. Esta dimensión es indispensable, pero incompleta. También existe una salud que tiene que ver con la reconciliación: la posibilidad de vivir en el cuerpo sin tratarlo constantemente como un enemigo, un obstáculo o un escaparate.

No quiero idealizar el naturismo ni convertirlo en una fórmula universal. Cada persona tiene su propia historia, sus propios límites, sus propios traumas, sus propias inhibiciones y su propio ritmo. Lo que fue liberador para una persona puede resultar incómodo para otra. El cuerpo es demasiado íntimo para encajar en fórmulas. Pero precisamente por eso, me parece importante tomar esta experiencia en serio. Crea un entorno donde el cuerpo puede vivirse fuera de algunos de los guiones más comunes de la sociedad: fuera del guion médico, donde el cuerpo aparece como un caso; fuera del guion publicitario, donde aparece como un producto; fuera del guion moralista, donde aparece como vergüenza; y fuera del guion digital, donde aparece como una imagen.

Durante el fin de semana en Atibaia, encontré una relación más sencilla (y más compleja) con mi cuerpo. Sencilla porque no requería mucha explicación. Compleja porque no estamos acostumbrados a esta sencillez. Estamos acostumbrados a controlar nuestra apariencia, cómo nos perciben, cómo se compara nuestro cuerpo con los demás, cómo se interpretará nuestra apariencia. Dejar de lado esta vigilancia, aunque sea por unas horas, no es tarea fácil.

Para mí, fue una experiencia de maduración. No en el sentido de «superar la vergüenza», como si se tratara de ganar una carrera. Fue más bien como comprender que quizás la madurez corporal no consiste en alcanzar finalmente un cuerpo ideal, sino en construir una relación menos agresiva con el cuerpo que es posible: el cuerpo real, el cuerpo de hoy, el cuerpo que cambia, el cuerpo que carga con la historia.

Cuando entré en la universidad, imaginaba que comprender profundamente el cuerpo humano significaría dominar su anatomía, fisiología, mecanismos de enfermedad y posibilidades de tratamiento. Sigo pensando que es cierto. Pero hoy me parece insuficiente. Conocer el cuerpo humano también requiere comprender cómo las personas sufren a causa de él, cómo se defienden a través de él, cómo construyen su identidad dentro de él y cómo buscan, a veces durante años, una forma menos dolorosa de habitarlo. El naturismo, inesperadamente, me ofreció una pequeña ventana a todo esto. No como teoría, clase formal o capítulo de libro, sino como una experiencia vivida: un fin de semana en el que el cuerpo dejó de ser un proyecto, un caso, una imagen o un problema, y ​​simplemente pudo ser parte de la vida.

Quizás esta sea la principal lección que me llevo como estudiante de medicina. Antes de aprender a corregir cuerpos, necesitamos aprender a respetarlos. Antes de interpretar sus señales, necesitamos recordar que pertenecen a alguien. Y antes de preguntar qué le pasa a un cuerpo, quizás necesitemos admitir una posibilidad más simple y olvidada: a veces, no hay nada malo. Solo hay un ser humano intentando vivir con menos miedo en su propia piel.

Artículo original enviado al portal Som de Papo en una sección administrada por la Federación Brasileña de Naturismo el 6 de mayo de 2026.

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Todas las fotos mostradas pertenecen al archivo personal de Paula Silveira.

https://www.jornalolhonu.com.br/natreflexao

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