Por admin, 22 de abril de 2026
Por Paula Silveira *
Autores: Fabrizio Martins Tavoni es candidato a doctorado en Educación en la Unicamp,
Máster en Ciencias Políticas por la UFSCar y naturista. @fbrn_oficial
La pregunta que más escucho de quienes nunca han pisado un espacio naturista es: "¿Dime la verdad, hay mucho sexo?". Y siempre la formulan en un tono susurrante y juguetón, como si revelaran un secreto o sospecharan algo. Y lo entiendo. Para muchos, existe un halo de misterio alrededor de las personas que se desnudan en público; algo que la imaginación popular asocia rápidamente con la libertad sexual, la provocación, la seducción y la idea de que "todo vale". En nuestra cultura, la desnudez se enseña como algo que debe ocultarse, y cuando alguien decide no hacerlo, el otro automáticamente sospecha: debe haber un placer prohibido, una transgresión, una fiesta secreta y liberal. Pero no. No se trata de eso. Con el tiempo, he construido una respuesta personal a esta pregunta recurrente: el naturismo no se trata de estar desnudo. Se trata de no ser observado. Y la diferencia entre estas dos cosas es mayor y más radical de lo que parece.
El ojo que nos observa constantemente
Hace unos años, leí un libro titulado "Vigilar y castigar" del filósofo Michel Foucault. Allí describe un proyecto arquitectónico del siglo XVIII: el Panóptico, una especie de prisión circular con una torre central. Desde allí, un solo guardia podía observar a todos los prisioneros en sus celdas, sin que estos supieran si estaban siendo observados en ese preciso instante. El resultado fue que los prisioneros interiorizaron la mirada del guardia. Se comportaban como si estuvieran siempre bajo observación, incluso cuando la torre estaba vacía.
Lo que Foucault comprendió es que esta lógica trasciende los muros de la prisión. Está presente en escuelas, cuarteles, fábricas, oficinas. Y, más aún, está dentro de nosotros. Aprendemos a vigilarnos constantemente, a actuar como si un observador invisible juzgara cada uno de nuestros movimientos.
Nosotros, los seres humanos del siglo XXI, somos expertos en esta presión autoimpuesta. Caminamos erguidos para no parecer encorvados. Metemos la barriga al pasar frente a un espejo. Cruzamos las piernas de una manera que la sociedad considera "apropiada". Evitamos mirar demasiado a los demás para que no piensen mal de nosotros. Y todo esto sucede incluso cuando absolutamente nadie nos observa.
El guardián está en nuestra cabeza.
El cuerpo vigilado incluso antes de salir de casa.
Cuando pensamos en desnudarnos en público, este guardián interno entra en pánico. Lanza una sirena silenciosa: "¿Y si miran mi cuerpo? ¿Y si juzgan mi pequeña grasa? ¿Y si señalan mis estrías? ¿Y si se ríen de mi pene? ¿Y si susurran sobre mi celulitis? ¿Y si…?"
No es la desnudez en sí lo que asusta. Es la mirada de los demás sobre la desnudez. Prueba de ello es que la mayoría de la gente está desnuda en casa, en la ducha, al cambiarse de ropa, sin ninguna vergüenza. La incomodidad surge solo cuando existe la posibilidad de que haya testigos. El problema, por lo tanto, no es el cuerpo, sino el público.
El naturismo, entonces, no es una invitación a exhibir el cuerpo. Es una invitación a intentar desconectar, aunque sea solo por unas horas, de esa vigilancia que nos ha acompañado desde la infancia. La playa nudista, el club, el espacio para socializar sin ropa: todo esto funciona como un laboratorio donde se ensaya la suspensión de la mirada crítica.
Pero hay un detalle crucial: este laboratorio no es mágico. No borra décadas de aprendizaje social de un plumazo.
El naturista también lleva consigo una voz interior que lo vigila.
Aquí, es necesario un ejercicio de honestidad. Es común que los recién llegados al naturismo, en playas o clubes, actúen de una manera que revela cuánto siguen atrapados en el Panóptico. Pasan los primeros minutos, o incluso horas, con los brazos cruzados sobre el pecho. Se sientan con las piernas firmemente juntas, aferrándose a sus pareos como si fueran un salvavidas. Miran hacia el horizonte, como si cualquier movimiento de sus ojos pudiera interpretarse como acoso.
Y esto no es una crítica. Algunos naturistas, incluso después de años de práctica, todavía tienen esa voz interior que los vigila, solo que más silenciosa. De vez en cuando susurra: "¿Miré demasiado a esa persona?" o "¿Mi postura es demasiado relajada? ¿Da una impresión equivocada?".
El cuerpo se desviste rápidamente. La mirada crítica, no tanto.
El naturismo, por lo tanto, no es un estado de libertad conquistado para siempre. Es una práctica diaria de desaprender la vigilancia. Cada visita a la playa es un pequeño ensayo: hoy intentaré no cruzar los brazos; hoy intentaré no pensar en cómo me ven los demás; hoy intentaré simplemente existir, sin justificar mi existencia.
Y ahí radica la diferencia fundamental.
Desnudo, pero aún aprisionado
Una persona puede estar completamente desnuda y aun así ser observada. Basta con que le preocupe la mirada de los demás. Basta con que contraiga el abdomen al pasar cerca de un grupo. Basta con que se sienta incómoda sentada con las piernas ligeramente separadas. La desnudez, por sí sola, no libera a nadie. Solo quita la tela que cubre la piel. Lo que hay que quitar es más profundo: es la capa del miedo, de la vergüenza anticipada, del ensayo mental del juicio ajeno.
Lo que realmente enseña el naturismo
El naturismo, cuando se practica bien, no se trata de quitarse la ropa. Se trata de comprender que la ropa no te protege de nada. No te protege del juicio ajeno, porque el juicio sigue presente, incluso con pantalones de vestir y corbata o con un vestido de gala. No te protege de la vergüenza, porque la vergüenza es una construcción interna, no una característica del cuerpo desnudo. No te protege de la vigilancia, porque el vigilante permanece en la torre, estemos vestidos o no.
Lo que ofrece el naturismo es un espacio controlado y seguro donde podemos experimentar lo que sucede cuando bajamos la guardia. Y el descubrimiento, para quienes perseveran, es siempre el mismo: nadie te observaba. A nadie le importaba tu celulitis. Nadie notó que pasaste tres o cinco minutos sin cruzar las piernas. El vigilante está fuera de servicio.
El espacio naturista es, fundamentalmente, un gran espejo colectivo. Cada persona llega preocupada, pensando que será el centro de atención, y descubre, aliviada, que nadie vino a verla. Vinieron para no ser vistos. Vinieron para desconectar, por unas horas, el panóptico que llevamos en la cabeza.
Cuando nadie observa, el cuerpo finalmente descansa. Foto: Joseph Art
La desnudez sin vigilancia es lo que libera.
Vuelvo a la pregunta inicial que me hacen, al igual que a otros naturistas: ¿el naturismo tiene que ver con el sexo? No. Nunca lo tuvo. Se trata de comprender que la asociación entre desnudez y sexo es una de las formas más eficaces de vigilancia social. Mientras creas que el cuerpo desnudo es intrínsecamente sexual, seguirás vigilándote, cubriéndote, disculpándote por existir.
El naturismo es lo que desmantela esta trampa. Dice: el cuerpo desnudo puede ser simplemente un cuerpo. Puede estar sentado en la arena mirando el mar. Puede estar jugando al voleibol. Puede estar durmiendo al sol. Sin segundas intenciones, sin actuación, sin miedo.
Y cuando finalmente experimentas esto, cuando estás desnudo en público y te das cuenta de que a nadie le importa, que nadie te ha reducido a un par de pechos o un pene, que nadie te está observando, te llevas esta lección fuera de la playa. Empiezas a sospechar que tal vez podrías usar pantalones cortos más cortos, o un traje de baño más revelador, o simplemente caminar con el vientre al descubierto sin disculparte.
El naturismo no se trata de estar desnudo. Se trata de no ser observado. Y cuando dejas de observarte, descubres que nunca hubo ningún guardián.
Solo tú.
Cuando nadie llama la atención, nadie necesita esconderse. Foto: Joseph Art
Fabrizio Martins Tavoni es sociólogo, politólogo y naturista. Ya no cruza los brazos en la playa; al menos no por vergüenza.
Paula Silveira es presidenta de la FBrN (Federación Brasileña de Naturismo) desde 2021 y presidenta de la asociación SPNAT (Naturistas del Gran São Paulo) desde 2020. Es naturista desde 1997 y miembro de la CLANAT (Comisión Latinoamericana de Naturismo), donde se desempeñó como Asesora Principal para la Región Sudeste de 2017 a 2020. Representó a Brasil en el Congreso Mundial de Naturismo en México en 2024, en el ELAN (Encuentro Latinoamericano de Naturismo) en Perú en 2026, en Colombia en 2022 y en Ecuador en 2020.
Redes sociales: @fbrn_oficial
WhatsApp: +55 11 99759-5116
https://somdepapo.com.br/portal/o-naturismo-nao-e-sobre-estar-nu-e-sobre-nao-ser-vigiado/
No hay comentarios:
Publicar un comentario