1 — Nombrando la cosa sin drama
Richard Betteridge, 14 de febrero
de 2026
La tetera termina su pequeño rugido justo cuando las urracas comienzan su pelea matutina en el eucalipto de la entrada. Alguien suelta una suave risa desde el otro extremo de la terraza, de esas que se extienden antes de que el día haya tenido tiempo de exigir nada. Es lo suficientemente temprano como para que las tablas bajo nuestros pies aún conserven el frescor de la noche, y el aire lleva ese aroma limpio, a recién despertado, que tan bien le da el naturismo.
Somos cuatro los que estamos dispersos por la terraza, con tazas calentándonos las manos y toallas colgadas de los respaldos de las sillas, más por costumbre que por necesidad. Nadie se viste para una audiencia. Nadie intenta marcar la pauta. Así es como empiezan las mañanas aquí: lentas, sin prisas, con esa naturalidad que no necesita anunciarse.
La conversación fluye como cuando uno se siente en casa. Alguien se encoge de hombros y menciona el baño de ayer. Otro habla de su nieto aprendiendo a leer, orgulloso con esa calma y serenidad que tienen los abuelos. Surge una petición de oración, no como un momento para actuar, sino como una pequeña verdad que se ofrece al espacio. Hacemos una pausa lo suficiente para contenerla y luego dejamos que el silencio vuelva a instalarse. Sin ceremonia. Sin guion. Solo atención compartida.
Si pasearas por el sendero en ese preciso instante, podrías notar lo que falta: las capas habituales que la gente usa sin pensar. Y por un instante tu mente podría intentar extraer algo de ello. Es normal. Pero no tardaría en que la cotidianidad de la escena te atrajera. Oirías que volvían a llenar la tetera. Verías a alguien estirarse para quitarse el sueño de la espalda. Percibirías el olor a tostadas que llegaba de la cocina, cálido y familiar.
Y esa sería toda la historia.
Sin espectáculo. Sin tensión zumbando bajo la superficie. Solo personas que comienzan su día de una manera que les resulta natural, hablando de la vida, la fe, los dolores, los planes y las pequeñas gratitudes con el ritmo relajado de quienes han compartido muchas mañanas como esta.
En ese espacio, el cuerpo no es el titular. Es un segundo plano, tan anodino como las hojas de chicle moviéndose con la brisa. Lo que se encuentra en primer plano es el simple hecho de ser humanos juntos: tazas en mano, el aire matutino que recorre la terraza, el día que comienza sin alboroto.
Esa tranquila cotidianidad es donde comienza este folleto.
Hay algo curioso que sucede cuando ciertas palabras se juntan. La gente no siempre las escucha, sino que reacciona a ellas. La mente se adelanta, llena los espacios en blanco y, antes de que te des cuenta, ya no estamos hablando de la vida real. Hablamos de cualquier imagen que la imaginación de alguien pintó en el medio segundo posterior a la aparición de la frase.
"Naturismo cristiano" es una de esas combinaciones. Dilo en voz alta y casi puedes ver a la gente inclinar la cabeza. Algunos se inclinan con curiosidad. Otros se tensan un poco, preguntándose en qué clase de conversación acaban de entrar. Otros parecen desconcertados, como si la fe y el cuerpo humano sin adornos pertenecieran a lugares distintos y alguien hubiera dejado la puerta abierta.
Así que, antes de divagar demasiado, vayamos un poco más despacio y llamémoslo sin rodeos.
El naturismo cristiano es exactamente lo que sugiere la palabra: personas que siguen a Cristo y que se sienten cómodas viviendo partes de su vida sin ropa en entornos apropiados. Eso es todo. Sin apretones de manos secretos. Sin doctrinas ocultas. Sin manifiestos escondidos bajo la mesa. Simplemente creyentes comunes que han descubierto que la vida se siente un poco más honesta, un poco menos enredada, cuando no llevan esa capa extra que la mayoría de la gente asume como obligatoria.
Esa simplicidad sorprende a la gente. Vivimos en un mundo donde los cuerpos se esconden, se pulen para exhibir, se convierten en algo para vender o algo para juzgar. Rara vez se les trata como algo neutral, simplemente como parte del ser humano. El naturismo se aparta de todo ese ruido. No afirma que los cuerpos sean objetos sagrados para admirar, ni los trata como problemas que deban ocultarse. Simplemente dice: «Así es como se ve un ser humano, y ese hecho no necesita dramatismo».
Para los naturistas cristianos, esa postura se integra perfectamente con la fe. El cuerpo no es un obstáculo para la espiritualidad; es parte de la persona que Dios creó. Las Escrituras nunca han rehuido la encarnación. La creación es física. La encarnación es física. La resurrección es física. La historia cristiana no flota sobre el cuerpo, sino que se mueve a través de él. La fe siempre se ha vivido en la piel que suda, duele, sana y envejece.
El naturismo no inventa esa verdad. Simplemente elimina una capa de ruido cultural para que la realidad sea más fácil de percibir.
En la práctica, todo parece mucho menos exótico de lo que la imaginación sugiere. Una reunión naturista no es un espectáculo. Es gente hablando, cocinando, nadando, rezando, riendo; haciendo lo mismo que hacen las comunidades vestidas, solo que sin tela. Al cabo de un rato, la novedad se desvanece porque no ocurre nada teatral. Los cuerpos pasan a un segundo plano. La conversación pasa a primer plano. La presencia reemplaza a la timidez.
Vale la pena reflexionar sobre esto un momento. El cerebro humano está programado para percibir lo inusual. Al principio, la desnudez se percibe como una diferencia. Pero la familiaridad hace lo que siempre hace: se asienta. La gente deja de mirar fijamente porque no hay nada que mirar. Vuelven a relacionarse como personas, no como superficies. En muchos sentidos, ese cambio es la esencia misma del naturismo: eliminar una capa de señalización social para que la interacción se simplifique.
Nada de esto significa que el naturismo sea apropiado en todas partes. Los naturistas cristianos entienden el contexto. Hay lugares donde la vestimenta es práctica, respetuosa o legalmente obligatoria, y nadie finge lo contrario. El naturismo no se trata de rechazar a la sociedad ni de imponer la comodidad personal en espacios reticentes. Se trata de elegir entornos donde la comodidad corporal sea compartida y consensuada.
Esta distinción es importante porque los malentendidos a menudo surgen de asumir que el naturismo es un desafío público en lugar de una vida contextualizada. No es protesta ni representación. Es simplemente un acuerdo social diferente en lugares diseñados para ello.
Si nunca has estado en un entorno naturista, puede ser difícil imaginar la rapidez con la que se calma el sistema nervioso. La tensión que la gente espera (incomodidad, espectáculo, hiperconciencia) tiende a evaporarse más rápido de lo previsto. Lo que queda es una sorprendente normalidad. El cuerpo deja de ser un evento y se convierte en lo que siempre fue: parte de la persona que tienes delante.
Los naturistas cristianos a menudo describen esa normalidad como liberadora, no porque sea rebelde, sino porque calma toda una vida de sutil ansiedad corporal. No hay disfraz que gestionar, ni comparaciones silenciosas en segundo plano. Te presentas tal como eres, y todos los demás hacen lo mismo. Esa vulnerabilidad mutua tiende a suavizar el ambiente social: menos poses, más presencia.
Lo que sorprende a mucha gente, especialmente a quienes se enfrentan a la idea por primera vez, es la rapidez con la que el cuerpo deja de ser el centro de atención. Estamos tan acostumbrados a pensar en la desnudez como algo inherentemente cargado que olvidamos cuánto de esa carga es cultural más que humana. Si eliminamos la expectativa del espectáculo, lo que queda es simplemente el hecho de la encarnación compartida.
En un entorno naturista, las personas aún cargan con sus personalidades, humor, inseguridades, amabilidad y peculiaridades. La ropa nunca fue lo que hizo a alguien cálido o distante, considerado o descuidado, paciente o mordaz. Una vez que la curiosidad inicial se asienta —y se asienta—, lo que aflora a la superficie es la misma textura relacional que encontrarías en cualquier otro lugar. Las conversaciones derivan hacia el trabajo, la familia, la fe, las frustraciones, las pequeñas alegrías. La vida continúa a su ritmo habitual.
Para los naturistas cristianos, ese ritmo suele conllevar una silenciosa conciencia teológica: el reconocimiento de que la encarnación no es un accidente tolerable, sino parte de ser humano ante Dios. Muchos creyentes crecen asimilando la idea, a menudo sin querer, de que la espiritualidad es algo que sucede por encima del cuerpo, o a pesar de él. Sin embargo, la historia cristiana insiste en lo contrario. Somos polvo y aliento juntos. Siempre lo hemos sido.
El naturismo no convierte eso en un eslogan. Simplemente deja que la verdad se asiente más a la superficie.
También hay un efecto pastoral que se infiltra en las personas. Cuando los cuerpos dejan de funcionar como moneda social (señales de estatus, moda o atractivo), la comparación pierde parte de su fuerza. Observas el amplio y ordinario espectro de la forma humana y te das cuenta de que, en primer lugar, nunca hubo un único estándar al que atenerse. La imperfección se hace visible y, al ser compartida, deja de ser notable.
Esto no elimina la inseguridad de la noche a la mañana. Las personas cargan con largas historias con sus cuerpos, y esas historias no desaparecen solo porque el entorno cambie. Pero muchos naturistas describen una suavización gradual: una transición del autocontrol a la aceptación. No porque alguien les predicara, sino porque la experiencia vivida contradecía silenciosamente las historias que les habían contado sobre lo que debe ser un cuerpo.
Los naturistas cristianos a menudo interpretan esa suavización a través de la lente de la gracia. Si el cuerpo es parte de la persona que Dios conoce y ama, entonces habitarlo honestamente se convierte en una expresión de confianza en lugar de desafío. No se intenta espiritualizar la desnudez para convertirla en algo místico. Sigue siendo algo común, pero la fe siempre ha echado raíces en las cosas comunes.
Es importante reiterar que nada de esto posiciona al naturismo como moralmente superior o espiritualmente necesario. Muchos cristianos fieles viven vidas plenas y plenas sin siquiera entrar en espacios naturistas. El valor aquí no reside en reivindicar una forma mejor, sino en reconocer una expresión legítima de bienestar corporal entre muchas. La dignidad incluye la libertad: libertad para participar y libertad para declinar sin ser juzgado.
Visto así, el naturismo cristiano se convierte menos en una etiqueta y más en una postura: la disposición a afrontar la propia humanidad sin temor. La ausencia de ropa es simplemente el signo externo de una tranquilidad interior; no perfección, ni iluminación, sino una relación más serena con el hecho de ser humano.
Y cuando esa tranquilidad se asienta, lo que queda es notablemente familiar. Personas que se cuidan mutuamente. La fe expresada en palabras sencillas. Risas compartidas. Silencio respetado. Las mismas texturas de la vida presentes en cualquier comunidad sana, solo que sin esa capa que, para estos creyentes, ya no se siente necesaria.
Así que cuando hablamos de nombrar el asunto sin dramatismo, esto es lo que queremos decir. Sin espectáculo. Sin agenda. Sin intentos de impactar ni persuadir. Simplemente una forma sencilla y fundamentada en que algunos cristianos viven su cuerpo y su fe en entornos donde se comparte esa postura.
Una vez que se nombra claramente, la mayor parte de la tensión desaparece. El misterio vuelve a su tamaño real. Y a partir de ahí, la conversación puede avanzar con firmeza, sin reaccionar a la caricatura, sino comprendiendo la realidad vivida detrás de las palabras.
¡Gracias por leer El Pastor Naturista!
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