viernes, 28 de noviembre de 2025

¿POR QUÉ LA DESNUDEZ NATURISTA SIGUE INCOMODANDO? (BRASIL)

Una breve lectura cultural del tabú

27 de noviembre de 2025 en Destacados, Naturismo, Noticias

Por Paula Silveira

Autor: Gustavo M. Sá

Periodista, naturista y estudioso atento de la vida humana @fbrn_oficial

Censura: +18

Hay algo profundamente curioso en cómo la desnudez naturista —esa desnudez tranquila, sin intención de espectáculo— todavía provoca una incomodidad que pocos admiten, pero que muchos sienten. No es la desnudez en sí, sino lo que desplaza. Cuando un cuerpo aparece libre de adornos, sin el código habitual de vestimenta que anuncia funciones y pertenencia, parece surgir una pequeña grieta en el orden simbólico que sustenta la vida social.

Es difícil no pensar en cómo las culturas construyen límites. La antropóloga Mary Douglas, al explorar la lógica de la pureza y la impureza, demostró que todo lo que escapa a una clasificación clara suele ser tratado con sospecha. La desnudez naturista encaja precisamente en este intervalo: no es erótica, no es ritualista, no es médica. No ofrece un "lugar" claro en el esquema cultural, y precisamente por eso despierta una discreta incomodidad, casi emocional, como si devolviera al cuerpo una simplicidad que la sociedad no sabe bien dónde guardar.

Pero esta reacción también tiene raíces históricas. El proceso de civilización descrito por Norbert Elias dejó profundas huellas en cómo Occidente llegó a gestionar los gestos, las posturas e incluso la distancia social entre los cuerpos. Con el paso de los siglos, esconderse se convirtió en una especie de reflejo moral. Mostrarse parecía violar un pacto implícito de autocontrol. Cuando el naturismo elimina este filtro, aunque solo sea por unas horas y en lugares específicos, logra algo delicado: revela la desnudez como un hecho y no como una transgresión. Y es impresionante cómo este simple desplazamiento aún perturba todo un legado de condicionamiento. 

También hay un aspecto más silencioso: la mirada. Michel Foucault argumentó que los cuerpos se moldean antes de cualquier gesto: se observan, se comparan, se corrigen. Cuando el naturismo suspende este ritual de vigilancia, lo que vemos es casi un cuerpo inaugural, menos jerárquico, menos funcionalizado. Un cuerpo que no intenta decir quién es, sino simplemente existir. Para muchos, esto es liberador; para otros, es casi desconcertante, como si no hubiera un guion para interpretar lo que se presenta.

Quizás la inquietud provenga precisamente de esta ausencia de narrativa. La desnudez naturista no pide explicaciones, no seduce, no discute. Simplemente desmantela, con suavidad, la maquinaria cultural que enseña a cada persona a protegerse y, al mismo tiempo, a esconderse. De repente, uno se da cuenta de que buena parte de las tensiones no residen en el cuerpo, sino en la infinidad de significados que lo rodean.

En definitiva, el naturismo no pretende ser una ruptura ni una bandera. Simplemente nos recuerda, con una calma casi ancestral, que el cuerpo es el primer territorio que habitamos y el último que realmente vemos. Quizás sea inquietante por su simplicidad. Y, en una época acostumbrada al camuflaje constante, la simplicidad del cuerpo puede ser la forma más sutil de la verdad.

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